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domingo, 13 de septiembre de 2026

Lágrimas de Bruja


 Había una vez un pueblo enclavado en un valle fértil que había sido bendecido con ríos, lluvias y cosechas abundantes. Pero un año, el agua dejó de fluir y las nubes parecían haberse desvanecido. Durante meses, el cielo permaneció despejado, y la tierra comenzó a agrietarse. Las plantas se marchitaron y el ganado pereció; los pozos se secaron y el hambre se cernía sobre el pueblo como una sombra oscura.

Desesperados, los ancianos del pueblo recordaron una antigua leyenda: en lo alto de las montañas, más allá de los riscos y los senderos ocultos, dormía una bruja. Se decía que ella era la fuente de los ríos y las lluvias, y que sus lágrimas podían hacer florecer incluso los desiertos. Sin embargo, nadie había visto a la bruja en siglos, y el camino hasta su cueva era traicionero y casi imposible de escalar.

Un joven llamado Elías, conocido en el pueblo por su valentía y su espíritu incansable, se ofreció para emprender la travesía. Con la bendición de los ancianos y un último sorbo de agua, partió hacia las montañas. Caminó durante días, enfrentándose a peligros y terrenos desconocidos, hasta que llegó a una cueva oculta en la ladera de la montaña, donde la bruja dormía en un profundo letargo.

Dentro de la cueva, el aire era frío y olía a piedra y humedad. Allí, en un lecho de musgo y flores marchitas, yacía la bruja. Su piel era tan pálida como la luna, y sus cabellos largos y plateados cubrían su cuerpo como un manto. Elías se acercó con cautela, intentando no despertarla con un movimiento brusco. Sabía que sólo había una forma de salvar a su pueblo: debía hacer llorar a la bruja.

—Por favor —susurró, arrodillándose junto a ella—. Mi pueblo se muere de sed y solo tus lágrimas pueden devolvernos la vida.

Pero la bruja no se movió, ni una sola lágrima se asomó a sus ojos cerrados. Recordando las historias que había oído de niño, Elías comenzó a contarle su historia, de cómo los ríos habían desaparecido, de los niños enfermos y los campos vacíos, de las oraciones sin respuesta que se elevaban al cielo. La voz de Elías se llenó de emoción, y pronto comenzó a hablarle de sus propios recuerdos, de las risas en las plazas, de las fiestas, de todo lo que su pueblo había sido antes de la sequía.

El silencio de la cueva se volvió pesado, y Elías se sintió desesperado. No sabía cómo hacer brotar las lágrimas de una bruja que parecía tan ajena al sufrimiento humano. Pero entonces, en su desesperación, comenzó a hablarle de la soledad que sentía en medio de un pueblo que se desmoronaba. Le confesó sus propios miedos, su impotencia, su temor a perder a los seres queridos que aún tenía.

Mientras hablaba, notó un destello en el rostro de la bruja. De sus ojos cerrados, comenzó a deslizarse una lágrima, solitaria y pura, como si hubiese estado esperando ese momento durante mucho tiempo. La lágrima rodó por su mejilla y cayó en el suelo de la cueva. Inmediatamente, el agua comenzó a brotar como un manantial, formando un riachuelo que corrió hacia afuera, serpenteando montaña abajo.

Elías observó con asombro y alegría, pero la bruja no despertó. Entendió entonces que su sacrificio era eterno; ella debía permanecer en su sueño para mantener el flujo de agua y la vida en el valle. En silencio, recogió un poco de esa agua mágica y regresó al pueblo.

Cuando llegó, vertió el agua en el pozo central. Al instante, el pozo se llenó y el agua comenzó a burbujear, clara y abundante, fluyendo en cada rincón del pueblo. La tierra seca volvió a ser fértil, las cosechas regresaron, y el pueblo celebró como nunca antes.

Desde aquel día, los habitantes del pueblo aprendieron a cuidar el agua y a respetar la leyenda de la bruja. En las noches de luna llena, algunos decían poder escuchar el eco de sus sollozos desde la montaña, como un recordatorio de que incluso el sacrificio más oculto y silencioso puede alimentar la vida para muchos.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Renacer en el camino


 Pedro lo había perdido todo en un solo mes: su empleo y su matrimonio. La estabilidad que creía inquebrantable se había desmoronado como un castillo de naipes. Entre el peso de la desesperación y la incertidumbre del futuro, tomó una decisión impulsiva: recorrer el Camino de Santiago. No sabía qué buscaba, solo que necesitaba alejarse de su realidad y encontrarse a sí mismo.

Su viaje comenzó en Miramar, San Pedro de Macorís, su ciudad natal. Con el corazón lleno de dudas y una mochila cargada de pocas pertenencias pero mucho peso emocional, tomó un avión hasta España para iniciar su travesía en Saint-Jean-Pied-de-Port, en Francia. En los primeros kilómetros, cada paso era una batalla contra sus pensamientos. Recordaba la última discusión con su esposa, las palabras duras, el portazo final. Recordaba la sensación de inutilidad al ser despedido de su empresa después de quince años de trabajo.

En Roncesvalles, conoció a Miguel, un anciano que hacía el Camino por tercera vez. "El Camino no te da lo que buscas, sino lo que necesitas", le dijo. Pedro no entendió en ese momento el significado de esas palabras, pero con el paso de los días comenzaron a tomar sentido.

A medida que avanzaba por los senderos, las ampollas en los pies y el cansancio físico se convirtieron en metáforas de su dolor interno. Cada pueblo, cada albergue, le ofrecía un nuevo encuentro, una historia diferente. Conoció a Claudia, una joven que superaba una enfermedad, a Juan, un empresario que dejó todo para vivir con sencillez, y a Elena, una mujer que también había perdido el rumbo tras una separación.

En Burgos, el cansancio lo abatía, y por un momento pensó en abandonar. Pero allí conoció a un grupo de peregrinos que lo acogieron como uno más. Con ellos, aprendió la importancia del apoyo y la amistad en el camino de la vida. "No caminas solo, aunque así lo parezca", le dijo uno de ellos. Con renovada energía, continuó su travesía.

En León, mientras contemplaba la majestuosidad de la catedral, entendió que el Camino le estaba mostrando lo que realmente importaba: el presente, la gratitud, la capacidad de soltar el pasado. No podía cambiar lo que había ocurrido, pero sí decidir cómo seguir adelante. En Astorga, en una noche de lluvia, se quedó conversando con un hospitalero que le contó cómo había encontrado paz ayudando a los peregrinos. "Todos venimos rotos, pero nos reconstruimos en el camino", le dijo.

Al llegar a O Cebreiro, ya en Galicia, Pedro sintió que su cuerpo estaba agotado, pero su mente era más fuerte que nunca. En los últimos kilómetros, con la catedral de Santiago en el horizonte, una emoción indescriptible lo invadió. Recordó todo lo que había vivido, las personas que había conocido y las lecciones aprendidas.

Finalmente, al llegar a la Plaza del Obradoiro y ver la imponente Catedral de Santiago, rompió en llanto. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, de liberación. Comprendió que no necesitaba respuestas absolutas, sino la capacidad de seguir adelante con fe en sí mismo. Se quedó un tiempo en la ciudad, ayudando a otros peregrinos, compartiendo su experiencia y encontrando una nueva razón para seguir viviendo.

Pedro no era el mismo hombre que había comenzado el viaje. Había aprendido a perdonarse, a aceptar el dolor y a ver el futuro con esperanza. Renacía con cada paso dado en aquel largo sendero que le enseñó que, a veces, hay que perderse para poder encontrarse. Con un corazón renovado, miró hacia el horizonte y supo que su verdadero camino apenas comenzaba.